Sobre la ponencia
«¿Quiere Dios evitar el mal y no puede? Entonces es impotente. ¿Puede y no quiere? Entonces es malvado.» El dilema, atribuido a Epicuro, formula uno de los problemas más antiguos y persistentes del pensamiento. El mal —el sufrimiento del inocente, la crueldad, la catástrofe natural— es la gran objeción contra cualquier visión ordenada y buena del mundo.
Agustín, tras años de maniqueísmo, que hacía del mal un principio sustancial enfrentado al bien, propuso una respuesta decisiva: el mal no es una sustancia, sino privación de bien (privatio boni), como la ceguera lo es de la vista. Su origen moral está en la libertad: la voluntad que se aparta del bien mayor hacia un bien menor. Leibniz, en su Teodicea, defendió que vivimos en el mejor de los mundos posibles; el terremoto de Lisboa de 1755 y la ironía de Voltaire en Cándido pusieron en cuestión ese optimismo.
Kant habló de un «mal radical», una propensión de la voluntad a invertir el orden de los motivos. Y el siglo XX obligó a pensar el mal de nuevo tras Auschwitz. Hannah Arendt, al asistir al juicio de Eichmann, acuñó la expresión «banalidad del mal»: no hacen falta monstruos para cometer crímenes monstruosos; basta la incapacidad de pensar, de ponerse en el lugar del otro.
Esta sesión temática dialoga con la anterior, dedicada a san Agustín.
Preguntas para el diálogo: ¿Es el mal algo real o una ausencia? ¿Hay un mal natural distinto del mal moral? ¿Qué nos protege de la banalidad del mal?
Lecturas propuestas
Textos fundamentales
- 01Agustín, Confesiones, libro VII, 3–5 y 12–16.
- 02Agustín, Del libre albedrío, libro I.
- 03G. W. Leibniz, Teodicea, Prefacio y Primera parte, §§ 1–26.
- 04Voltaire, Poema sobre el desastre de Lisboa y Cándido, caps. 5–6.
- 05Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Epílogo y Post scriptum (Lumen).
Estudios y comentarios
- 06Susan Neiman, El mal en el pensamiento moderno (FCE).